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Historia cotidiana · Objetos que enseñaban

De la libreta de ahorro a la app: tres generaciones frente a la misma pregunta

Durante un siglo, enseñar a ahorrar en una familia consistió en entregarle a un chico un objeto: una libreta con renglones, un sello de tinta violeta y una suma que crecía a mano. El objeto desapareció. La pregunta —cómo se le muestra a alguien que el dinero guardado existe— sigue abierta.

Publicado: 2 de junio de 2026 Revisado: 28 de julio de 2026 Autor: Nivaldo Jair Polo Jinete Carácter: divulgación histórica y educativa

Origen: la escuela como sucursal

La idea de enseñar a ahorrar a los chicos con un instrumento formal no nació en las familias: nació en las escuelas, y con vocación de política pública. En la década de 1860, en Gante, Bélgica, el profesor François Laurent impulsó un sistema de ahorro escolar que permitía a los alumnos depositar cantidades minúsculas y llevar registro de sus depósitos. La experiencia se replicó por Europa como herramienta pedagógica y moral, en una época en que la previsión se enseñaba como virtud cívica.

En los Estados Unidos, el modelo llegó dos décadas más tarde. En 1885, en Long Island City, el educador John Henry Thiry organizó un sistema de bancos escolares que se convirtió en referencia y se extendió a miles de escuelas del país en las décadas siguientes. La mecánica era invariablemente la misma: un día fijo por semana, el alumno entregaba unas monedas, un maestro las registraba, y el saldo quedaba escrito en un papel que el chico podía mirar.

El invento pedagógico no era el ahorro. Era el renglón: una prueba física de que la moneda entregada la semana anterior seguía existiendo.

Contexto histórico: instituciones nacidas para el ahorro pequeño

Detrás de aquellas libretas escolares había un tipo de institución diseñada específicamente para depósitos modestos. Los montes de piedad y las cajas de ahorro europeos surgieron con una lógica benéfica y de previsión social, distinta de la banca comercial de la época: en Madrid, el Monte de Piedad fundado a comienzos del siglo XVIII por el sacerdote Francisco Piquer prestaba sobre prendas a interés muy bajo, y a partir de 1838 se le sumó una caja de ahorros destinada a recibir imposiciones pequeñas de trabajadores y familias.

En América Latina, la bancarización siguió otros tiempos y otras urgencias. En Venezuela, por ejemplo, el Banco de Venezuela quedó constituido en 1890, en un contexto en que el crédito y la custodia de depósitos eran servicios de una minoría urbana. Recién en el siglo XX la libreta de ahorro llegó a los hogares de ingreso medio como objeto doméstico corriente.

Sin afiliación Family Up no tiene afiliación, vínculo comercial ni representación oficial con el Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Madrid, el Banco de Venezuela, Barclays ni ninguna otra entidad mencionada en este artículo. Contenido con fines históricos y educativos.

Ese objeto tenía tres propiedades que hoy resultan casi exóticas. Era lento: el saldo se actualizaba cuando alguien iba a la ventanilla. Era público: el sello y la firma del empleado convertían el ahorro en un acto verificado por un tercero. Y era irreversible en la percepción: retirar dinero exigía una gestión, un horario y una fila, lo que introducía una fricción que hoy pagaríamos por tener.

La curiosidad central: 1967, el año en que la fricción empezó a desaparecer

El 27 de junio de 1967, en la sucursal de Enfield, al norte de Londres, la entidad británica Barclays puso en servicio lo que se considera el primer cajero automático en funcionamiento del mundo, desarrollado por un equipo de la empresa De La Rue encabezado por John Shepherd-Barron. El sistema no usaba tarjetas plásticas con banda magnética, que aún no se habían generalizado: funcionaba con vales de papel impregnados con una sustancia radiactiva en cantidades ínfimas, que la máquina reconocía, y con un número de identificación personal que el cliente tecleaba.

Aquella máquina resolvió un problema real —los bancos cerraban temprano— y, sin proponérselo, desarmó el dispositivo pedagógico de tres generaciones. Cuando el saldo dejó de estar escrito a mano en una libreta y pasó a ser un número que aparece y desaparece de una pantalla, los chicos perdieron el renglón. Y los adultos perdieron la escena.

El proceso se completó con la banca por internet en los años noventa y con las aplicaciones móviles en los dos mil. Hoy, un chico de diez años puede haber visto centenares de pagos y ningún acto de ahorro: los pagos son visibles —hay un gesto, un sonido, un producto— y el ahorro es la ausencia de un gesto.

Tres generaciones, tres relaciones con el mismo banco

  • Los que aprendieron con libreta. Asocian el ahorro a un lugar físico, a una persona con nombre detrás de un mostrador y a un documento que se guarda en un cajón. Suelen desconfiar de lo que no deja constancia en papel, y esa desconfianza no es irracional: aprendieron en un sistema donde el papel era la prueba.
  • Los que hicieron la transición. Vieron cerrar la ventanilla y abrir el cajero, y luego la web. Aprendieron a ahorrar con un instrumento y a operar con otro. Es la generación que todavía imprime el comprobante.
  • Los que nunca vieron una libreta. Manejan interfaces con soltura y saldos sin materialidad. Su dificultad no es tecnológica, es de representación: nunca tuvieron un objeto que les mostrara que el dinero guardado sigue ahí.

Qué se puede reconstruir en casa

No se trata de nostalgia ni de volver al papel por principio. Se trata de reponer las dos propiedades que el objeto viejo tenía y la interfaz nueva no: constancia visible y fricción deliberada.

  • Un registro que el chico escriba a mano. Un cuaderno de dos columnas, entrada y salida, con el saldo calculado por él. El acto de escribir sustituye al sello.
  • Un plazo pactado antes de gastar. Dos o tres días entre la decisión y la compra reintroducen artificialmente la fila del banco.
  • Un objetivo con fecha y precio escritos. Convierte «ahorrar» —un verbo abstracto— en una cuenta que se puede seguir.

Fuentes

  1. Barclays Group Archives. Documentación institucional sobre la puesta en servicio del primer cajero automático en la sucursal de Enfield, 27 de junio de 1967.
  2. Bátiz-Lazo, B. (2018). Cash and Dash: How ATMs and Computers Changed Banking. Oxford University Press. Capítulos sobre el desarrollo del cajero automático y el papel de De La Rue.
  3. Confederación Española de Cajas de Ahorros y archivos históricos del Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Madrid: documentación sobre la fundación del Monte de Piedad (1702) y de la caja de ahorros (1838).
  4. Cruz-Rambaud, S. y otros. Literatura académica sobre el origen de las cajas de ahorro europeas y su función de previsión social.
  5. Banco Central de Venezuela y Academia Nacional de la Historia: reseñas históricas sobre la constitución del Banco de Venezuela en 1890 y el desarrollo del sistema bancario venezolano.
  6. Cruikshank, J. y otros: literatura histórica sobre los school savings banks en los Estados Unidos y la iniciativa de John Henry Thiry (Long Island City, 1885).

Método: las fechas de fundación y de puesta en servicio se verificaron en fuentes institucionales y bibliografía académica. Las caracterizaciones generacionales del último apartado son interpretación editorial del autor y no provienen de las fuentes citadas. Sin correcciones posteriores a la publicación.

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